El gambito Teseo

De El Gambito Teseo. Algunas notas sobre Mito, Juego y Simetría [2013]

Ana Luz Crespi

Ana Luz Crespi

La complejidad o la simplicidad de una estructura depende fundamentalmente de nuestra forma de comunicarla, afirmaba Herbert Simon. La mayoría de las estructuras complejas que encontramos en el mundo son enormemente redundantes y es posible servirnos de esa redundancia para simplificar su descripción. Pero para utilizarla, para conseguir la simplificación debemos dar con la representación adecuada.

En el ajedrez nuestras representaciones mentales aparecen fracturadas en los conceptos de espacio, de tiempo y de fuerza. Cada uno de ellos adquiere en el juego un significado preciso y diferente del habitual, una forma de experimentación que prescinde de la realidad pero que al mismo tiempo se funde en ella. Escribe Martínez Estrada (2011) en su Filosofía del Ajedrez que todo el trabajo mental que se realiza en una partida de ajedrez “es inconvertible a otro sistema de símbolos y no es aplicable a ninguna realidad. De ahí su total inutilidad”.

La psique humana no puede autosimularse sin modificarse, alienarse o alterarse: el hombre construye barreras que le impiden ver su propio yo. Como modestísima compensación frente a un costo tan alto, hoy es el saber científico —no el filosófico— el que intenta representar la idea de un conocimiento cierto e indudable sobre la “realidad del mundo”. El pensar filosófico ha sido expulsado —desde Hegel— de la empresa científica. Y este divorcio de hecho fue rechazado solo por un puñado de pensadores en casi doscientos años[1].

El campo disciplinar de la morfología es, también, el resultado de este conflicto que puede ser trasladado a todas las realidades particulares que el propio despliegue del universo de las formas impone. En el arte, la forma, dice Theodor Adorno, “contradice la concepción de la obra como algo inmediato”: se identifica con la reflexión sobre sí misma que, justamente la constituye en forma artística. Ella misma es mediación (en tanto manera en la que se relacionan las partes consigo mismas, con un todo y como estructura de los detalles). Como vemos, nuevamente lo que aparece es algún tipo de relación entre lo simple y lo complejo. Sigue Adorno: “La alabada simplicidad de las obras de arte se manifiesta, bajo este aspecto, como lo contrario del arte. Lo que, no obstante, se manifiesta en ellas como intuitivo e ingenuo, su constitución como algo concorde consigo mismo, sin hiatos y ofrecido por tanto inmediatamente, se lo debe a su carácter mediato. La realidad de la obra de arte no es la verdad: es el interés que esta mediación produce.”

Cuando René Thom reflexiona sobre esta cuestión es radical: sostiene que lo que limita lo verdadero no es lo falso, sino lo insignificante; que la ciencia moderna, en el estado actual, es “un auténtico torrente de insignificancia”. [2] Lo que intenta hacer Thom es recuperar el conocimiento implícito que todos tenemos de nuestra realidad (por ejemplo el de las leyes de la mecánica, en razón de la constitución de nuestro organismo) cuando afirma que toda investigación solo debería ser “el desvelamiento de las estructuras ya existentes en el interior de nosotros mismos.

Todo aquello que conforma nuestro entorno ha superado algún tipo de selección realizada en el marco de una ley. Cuanto más fuerte es el poder restrictivo de esa ley, menor es el dominio de alternativas posibles para la ocurrencia de una forma, como bien muestra la metáfora del juego de ajedrez.

Pero sin embargo, como sostenía Richard Feynman, “no tengo que tener una respuesta. No me siento aterrorizado por no conocer cosas, por estar perdido en el misterioso universo sin tener ningún propósito; que es el modo en el que la realidad es, hasta donde puedo decir, posiblemente. Esto no me aterra.”

[1] Ejemplo notable es el Poincaré. El brillante matemático francés aseguraba que la lógica no es un camino para desarrollar ideas sino una manera de encorsetarlas, y por ende sostenía que las limitaba. Sus contemporáneos lo acusaban de intuitif (intuitivo) por el hecho de que Poincaré trabajaba utilizando representaciones visuales. El mismo Poincaré estaba sumamente interesado en la forma en que su mente trabajaba, lo cual lo llevó a estudiar sus propios hábitos de pensamiento.

[2] René Thom. Parábolas y catástrofes. Barcelona: Tusquets, 2000. Resulta notable el interés de Thom por disciplinas como la gramática, que no es filosofía (pues utiliza técnicas de carácter científico) ni ciencia (no es controlable mediante experimentos).

[Texto presentado y publicado en la conferencia de ISIS, Symmetry, Creta, Grecia (2013) ]