Modelo, Objeto, Representación

Libro

Robert Raushenberg

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Intentaba transmitirle a los alumnos que, en primer lugar, un modelo podía ser precedente, y por lo tanto antecedente temporal de una acción determinada. Ejemplifiqué esto con imágenes de un ritual y la lectura de un texto religioso, que intentan atravesar de modo inmutable tiempo y espacio (salvo que se enfrenten a algún proceso herético, —comenté—, lo cual en rigor, no nos saca de este enfoque). Inclusive nuestra vida cotidiana, territorio de los hábitos (uso automático de modelos), suele fundarse en modelos precedentes.

En segundo lugar, les hice notar que si los modelos sólo tuvieran la precedencia como cualidad, no tendrían sentido palabras como “progreso”, “innovación”, “cambio”, “futuro”. Más: la vida misma no sería posible (la biología puede ofrecernos excelentes ejemplos en temas como la adaptabilidad al medio, las comparaciones morfológicas entre diferentes especies, etcétera) y en definitiva, nuestra existencia, como la de Sísifo, estaría destinada a una insoportable repetición de procedimientos.

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Los modelos de gran estabilidad, de “vida lenta”, como los religiosos,  se fundan en férreas estructuras legales que operan sobre ellos intentando congelar la mínima posibilidad de cambio. La instancia suprema es la canonización.

Sin embargo, debemos convenir en que aún inmersos en modelos de gran dureza, para el hombre el futuro siempre suele constituir el territorio de la apertura, el lugar de la duda, la posibilidad de proyectación. Considerar entonces, como afirmaba Heráclito , que “nadie se baña dos veces en el mismo río” es otorgar valor a una suerte de “conciencia de situación”. Es en esa dirección que aparecen muchas fundamentaciones sobre el origen del propio acto de filosofar (el asombro, en Platón: “verdaderamente es por completo de un filósofo este pathos —el asombro— pues no hay ningún otro que domine la filosofía, fuera de éste” ), la duda (el método de Descartes sería el máximo ejemplo de esta condición) o la angustia (Karl Jaspers: “no puedo menos de morir, ni de padecer, ni de luchar, estoy sometido al acaso, me hundo inevitablemente en la culpa…la conciencia de estas situaciones (…) es después del asombro y la duda el origen, más profundo aún, de la filosofía” ).

El mismo Jaspers cita a Epicteto, el filósofo estoico, que sotenía: “…el origen de la filosofía es el percatarse de la propia debilidad e impotencia”, para convenir en que “…estamos en situaciones. Las situaciones cambian, las ocasiones se suceden. Si éstas no se aprovechan, no vuelven más.”

[De “Modelo, objeto, representación”, publicado en VVAA, Cinco notas sobre Heurística del Diseño, Buenos Aires, Ediciones FADU, UBA, 2003.]